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Decenas, centenas, miles, millones

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Después de meses (¡más bien, un año!) sin acercarme por aquí, retomo las riendas de este blog de maestra.

Creo que una de nuestras labores principales es hacer conscientes a nuestros alumnos de que el colegio “y el mundo de ahí afuera” no son realidades distintas, y que todos somos responsables de lo que ocurre a nuestro alrededor. Cada uno, independientemente de su edad, puede hacerse cargo de esa realidad y actuar sobre ella. Lo primero que podemos hacer es conocer lo que está ocurriendo.

Desde el magnífico blog “Blogicmates”, nos proponen empezar la clase de Matemáticas y la numeración analizando los datos que ofrece ACNUR acerca de los refugiados. Yo me apunto a enseñárselo a mis apaches de 5º.

¡Un niño, un lápiz, un libro y un maestro pueden cambiar el mundo! ¡Y por aquí se puede empezar!

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Elogio del aburrimiento

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Existe un verbo que los adultos nos hemos empeñado en arrasar del vocabulario de los niños: aburrirse. Mis alumnos, desde luego, no lo conocen (y apuesto a que muchos de los vuestros, tampoco). Para no escaldar a nadie, antes de seguir escribiendo, advertiré que no tengo nada en contra de la estimulación temprana, ni de las actividades extra escolares, ni de llevar a los niños a campamentos de verano, ni de que aprendan idiomas (¡válgame Dios, que yo como gracias a ellos y además es uno de mis vicios confesables!), pero sí que añoro aquellos tiempos en que los niños y yo teníamos tiempo para aburrirnos “a vontade”, como dirían los portugueses.

Vivimos en una sociedad en crisis y encontrar trabajo se asemeja a la búsqueda de El Dorado. Las familias siempre han querido darle lo mejor a sus hijos, asegurarles un buen futuro. Antes bastaba con una carrera, ahora necesitamos doctorados, másteres, idiomas, publicaciones y un largo etcétera de casillas en nuestro currículo que nos desmarquen del resto. ¿Qué padre, pudiendo hacerlo, va a privar a su hijo de acceder con éxito al mercado laboral? Y, con la mejor intención, todos nos hemos contagiado de esta fiebre competitiva y diseñamos el horario de los niños con vistas a una formación de “excelencia”, en la que no se desaproveche ni un segundo. Por otra parte, vivimos rodeados de estímulos y artefactos que nos exigen respuestas inmediatas: a golpe de clic, tenemos el mundo a nuestros pies, dispuesto a entretenernos sin fin, a tenernos permanentemente conectados a todo. Desde que nacen, están acostumbrados a tener un bombardeo constante de actividades que sirven “para algo” (y, repito, con las mejores intenciones)

Cuando llegan las vacaciones de Navidad o las estivales, los telediarios y las revistas se encargan de recordar que los niños tienen “demasiado tiempo ocioso”, por lo que sugieren infinidad de campamentos,desde especializados en cocina-fusión a campamentos de pequeños emprendedores (algún día le dedicaré una entrada a la palabra estrella de estos dos últimos años, sin duda), programas teatrales, espectáculos, viajes, ludotecas…En fin, todo un complejo dispositivo con el objetivo de que los niños “hagan algo”.

En clase, muchos de mis alumnos rebufan cuando llevan un trabajo extra que implique investigar, hacer fotos, pintar, juntarse con otros compañeros para realizar un experimento. ¿Por qué? Porque no tienen “tiempo para eso”. A veces, los veo terminando a toda prisa los deberes antes de ir al comedor. Y cuando tienen tiempo libre, no saben “qué hacer”. No saben cómo gestionar que, a veces en la vida, no hay “nada que hacer” y que existe el aburrimiento. Más aún, los adultos les hemos hecho olvidar cómo buscarse la vida en esas ocasiones. Nos hemos centrado tanto en que los niños aprovechen el tiempo, que se formen, que estén entretenidos que les hemos obviado esa parte pastosa de los fines de semana que a muchos nos sirvió para ponernos a escribir, a inventar, a imaginar, a hacer pinta monas con tal de vencer el aburrimiento.

Enfrascados siempre en algo que hacer, hacer, hacer, hacer, hacer…deja muy poco espacio para pensar, imaginar, inventar, crear, escucharse, oír, ver. Probablemente, sean niños muy eficientes como “hacedores”, pero se han perdido una parte fundamental de la infancia: ser niños, Y no quiero ponerme dramática, ni alarmista, pero sin tiempo libre, sin tiempo para aburrirse, sin tiempo marcado con ningún plan, ni ningún objetivo concreto, un tiempo que no tiene que ser “productivo” para que valga la pena…sin eso, no hay posibilidad de escucharse a uno mismo y, por tanto, no hay posibilidad de trazar ningún camino propio.

 

Parece que sentimos pavor ante la idea de que nuestros alumnos (o hijos) se aburran o pierdan el tiempo. Bueno, a veces es necesario perderse. O más que necesario, es un derecho. Cuando estás aburrido es tu responsabilidad salir de ese estado, algo a lo que los niños tampoco parecen estar acostumbrados: creo que no les hacemos un favor cuando les ahorramos ese trabajo y antes de que sientan el menor atisbo de aburrimiento, ya tenemos preparada toda una batería de actividades con las que ahorrarles ese mal trago.

Y, sobre todo, lo que me parece más peligroso de este engranaje de actividades es que lanza un perverso mensaje: sólo vales si puedes hacer cosas, no vales por lo que eres tú, sino por las páginas que tiene tu CV.