Archivo de la categoría: Uncategorized

Magia

11115727_869000393139459_4166041095638769166_n

“La educación es lo más cercano a la magia en el mundo. Nada puede transformar la vida de una persona como la educación. Insufla confianza y regala a las personas una voz. Además de sus evidentes beneficios para una vida más plena y mejor, la educación puede contribuir a la mejora de la sociedad en su conjunto; una sociedad en la que la gente sea consciente de sus derechos y deberes”.

Nivasini, estudiante de secundaria de India y participante en la plataforma online El Mundo que Queremos/The World we Want

Aprender a escuchar

roberto maján

La impaciencia generalizada y la dificultad para concentrarse por parte de nuestros alumnos hacen que las clases sean mucho menos provechosas de lo que los profes deseamos. ¿Hay alguna manera de que los alumnos realmente escuchen lo que intentamos explicar? Aquí os dejo una interesante estrategia para que los apaches hagan algo más que poner cara de atención, leída en Edutopia 😉

El objetivo no es otro que aprender a desconectar su (¡y nuestro, que a los adultos también nos pasa continuamente!) propio diálogo interior (self-talk) y focalizar completamente su atención al contenido académico que se les presenta. Si los alumnos no son capaces de escuchar de manera efectiva, debemos enseñarles a hacerlo.

Para ello es necesario hacer explícitas las estrategias cognitivas que los ayudan a aprender, enfatizando el hecho de que ellos son los responsables de su propio comportamiento y aprendizaje: esto es,a los alumnos “eficaces” no les cae el aprendizaje del cielo, sino que utilizan unas estrategias que el resto también puede aprender. Pienso al escribir esto en una de mis alumnas que atribuye cualquier respuesta correcta de otro a “es que Fulanito es Fulanito y así no vale”… Muchos de los problemas de los alumnos durante el proceso de aprendizaje radican, precisamente, en la incapacidad de escuchar de forma eficaz (ni hablar de los problemas de pareja que surgen de esa incapacidad,¿verdad?)

Anatomía y psicología de la Escucha

Lo primero que debemos saber es cómo el cerebro procesa el sonido que tenemos alrededor. El recorrido que realiza el sonido desde que lo oímos hasta que es decodificado tiene lugar en una parte específica del córtex, que procesa el estímulo sonoro. Está situado a ambos lados del cerebro, en la parte superior de los lóbulos temporales y trabaja tanto en el desarrollo del lenguaje en los bebés como en el deleite de una asombrosa sinfonía.

El principal obstáculo para una escucha eficaz es el ruido. El aula suele ser una cacofonía de voces de los estudiantes, del profesor, de sillas arrastrándose, papeles, lápices que se caen, puertas abriéndose y cerrándose, golpes…En fin, nada que no pase en nuestra clase cada hora. Si el cerebro es capaz de “silenciar” toda esa banda sonora para concentrarse en la tarea que tiene por delante, ningún ruido podrá distraerlo.

Lo malo es que el “ruido” también está dentro del cerebro de los alumnos: desde una melodía machacona,  ensoñaciones hasta la incómoda duda sobre su propia capacidad para entender un nuevo concepto o completar la tarea que se le pide. Aquí es donde entra la estrategia “HEAR” (“oír”, en inglés), pensada para ayudar a los estudiantes a reconocer y bloquear el ruido y centrar su atención en la escucha.

H-E-A-R

Como ya dijimos al principio de este artículo, la estrategia debe ser explícita: es decir, los alumnos deben saber los pasos de la  misma y practicarla. También debemos enfatizar por qué es tan importante …y que deben trabajar duro para adquirir esta habilidad tan esencial para el aprendizaje.

La estrategia de HEAR tiene cuatro pasos:

  • Halt: Stop! (¡Alto!) Para cualquier cosa que estés haciendo, termina tu diálogo interior y otros pensamientos, “libera” tu mente y presta atención a la persona que está hablando.
  • Engage: (¡Engánchate!) Céntrate en la persona que habla. Te ayudará también tu cuerpo, gira ligeramente tu cabeza, de forma que tu oído derecho se dirige al que habla. Eso te recordará que debes estar “enganchado” nada más que al que está hablando.
  • Anticipate: (¡anticípate!) Piensa en lo que crees que te van a contar, así te aseguras de que vas a aprender algo nuevo e interesante que captará tu atención (seguro que también sabes algo sobre el tema, nunca empiezas completamente de cero).
  • Replay: (¡vuelve a pasar la película!) Piensa en lo que te están diciendo. Analiza y parafraséalo (es decir, intenta repetir lo que el profe está diciendo, pero con tus palabras) en tu cabeza y luego con un compañero de clase. Esto te ayudará a comprender y recordar lo que acabas de aprender.

Al principio, el profesor debe guiar esta estrategia con numerosas demostraciones y recordar en voz alta a los alumnos cuándo es momento de “HEAR”. Con el tiempo, se convertirá en algo automático. Probablemente, tengamos también que recordarles que aprender a escuchar bien es duro, pero que convertirse en “genios de la escucha” les beneficiará en todos los aspectos de nuestra vida: en la escuela, en las relaciones personales y  también en el trabajo.

Y unas palabritas para ti, profe

Te dejo unas cuantas preguntas para que pienses:

1. ¿Estas estrategias cognitivas, como la de la escucha efectiva, forma parte de tu programación?

2.  ¿Qué crees que pasaría con el aprendizaje, si en tu clase los estudiantes fueran unos “genios de la escucha”? Bueno, también nos conformaremos si se quedan en “escuchantes eficaces” 😉

3.  ¿Cómo utilizarías (con las modificaciones necesarias) la estrategia HEAR en tu clase?

Ilustración de Roberto Maján

¿Quién tiene miedo de tener miedo?

8744800144_f73958416b_z

Creo que todos los profesores que enseñan Lengua tratan de hacer lo que describe, maravillosamente, Sara de Almeida Leite en su página Língua à portuguesa. Me ha parecido tan estimulante que me tomo la libertad de traducirlo (tened clemencia) para que llegue a más gente.

“En mi actividad como docente, he enfocado buena parte de mis esfuerzos pedagógicos en ayudar a los alumnos a recorrer el camino que los lleve de la inconsciencia y la despreocupación por los errores que comenten, tanto oralmente como por escrito, al gusto por los desafíos a los que se enfrentan en su día a día, en lo que se refiere a la distinción entre lo correcto y lo equivocado, entre la norma y el desvío.

Básicamente, intento llevarlos a que consideren que la forma en la que se habla y se escribe es importante, y no indiferente, porque transmite una imagen de nosotros que puede ser positiva o negativa; y procuro transmitirles la idea que, si tuviésemos consciencia de nuestros límites y dificultades, estaríamos más cerca de resolverlas y mejorar nuestro desempeño. Les explico, por tanto, que deben pasar de la actitud de “Bah, yo nunca pongo tildes” o “Nunca sé dónde poner las tildes” a la de “¡si existe una manera de saber qué palabras llevan tilde y por qué, entonces, yo quiero saber cuál es!”

Este camino, por el que intento que pasen, está lleno de actividades y ejercicios siempre pensados con buen humor y con una actitud esencialmente optimista; pero implica también pasar por una fase intermedia (que intento que sea lo más breve posible) que corresponde a la toma de conciencia de la cantidad de errores que cometen, al contrario de lo que pensaban y que los lleva a sentir miedo. Miedo a equivocarse, miedo a decir o escribir mal una palabra o una frase, miedo de pasar vergüenza por asumir,ante si y ante los compañeros, que al final no usan correctamente su lengua materna.

Es una fase que me recuerda a situaciones de pérdida, en las que llegado a un punto, se entra en la fase de la negación, por la incapacidad de aceptar la pérdida (en este caso, la pérdida de confianza en uno mismo), ya que muchos alumnos demuestran una falta de voluntad ante el desafío de distinguir, por ejemplo, entre lo correcto y lo incorrecto, o ante la necesidad de confesar el desconocimiento del significado de algunas palabras. Se sienten inseguros, incapaces de acertar y, por eso, simplemente, hacen cualquier otra cosa antes que participar en la clase: más o menos discretamente se dedican a estudiar otra materia, a consultar el e-mail o a pasar apuntes.

Es como si mirasen para otro lado, escogiendo ignorar la oportunidad de mejorar y volver a ganar confianza en su capacidad – no para no fallar, sino para aprender a evitar los fallos. Ahora, el miedo a fallar que silencia y hace que nos crucemos de brazos es, como sabemos, el peor enemigo del aprendizaje- o, al menos, tan fastidioso como el orgullo de ser un ignorante.

 quadro

Elogio del aburrimiento

Imagen

 

Existe un verbo que los adultos nos hemos empeñado en arrasar del vocabulario de los niños: aburrirse. Mis alumnos, desde luego, no lo conocen (y apuesto a que muchos de los vuestros, tampoco). Para no escaldar a nadie, antes de seguir escribiendo, advertiré que no tengo nada en contra de la estimulación temprana, ni de las actividades extra escolares, ni de llevar a los niños a campamentos de verano, ni de que aprendan idiomas (¡válgame Dios, que yo como gracias a ellos y además es uno de mis vicios confesables!), pero sí que añoro aquellos tiempos en que los niños y yo teníamos tiempo para aburrirnos “a vontade”, como dirían los portugueses.

Vivimos en una sociedad en crisis y encontrar trabajo se asemeja a la búsqueda de El Dorado. Las familias siempre han querido darle lo mejor a sus hijos, asegurarles un buen futuro. Antes bastaba con una carrera, ahora necesitamos doctorados, másteres, idiomas, publicaciones y un largo etcétera de casillas en nuestro currículo que nos desmarquen del resto. ¿Qué padre, pudiendo hacerlo, va a privar a su hijo de acceder con éxito al mercado laboral? Y, con la mejor intención, todos nos hemos contagiado de esta fiebre competitiva y diseñamos el horario de los niños con vistas a una formación de “excelencia”, en la que no se desaproveche ni un segundo. Por otra parte, vivimos rodeados de estímulos y artefactos que nos exigen respuestas inmediatas: a golpe de clic, tenemos el mundo a nuestros pies, dispuesto a entretenernos sin fin, a tenernos permanentemente conectados a todo. Desde que nacen, están acostumbrados a tener un bombardeo constante de actividades que sirven “para algo” (y, repito, con las mejores intenciones)

Cuando llegan las vacaciones de Navidad o las estivales, los telediarios y las revistas se encargan de recordar que los niños tienen “demasiado tiempo ocioso”, por lo que sugieren infinidad de campamentos,desde especializados en cocina-fusión a campamentos de pequeños emprendedores (algún día le dedicaré una entrada a la palabra estrella de estos dos últimos años, sin duda), programas teatrales, espectáculos, viajes, ludotecas…En fin, todo un complejo dispositivo con el objetivo de que los niños “hagan algo”.

En clase, muchos de mis alumnos rebufan cuando llevan un trabajo extra que implique investigar, hacer fotos, pintar, juntarse con otros compañeros para realizar un experimento. ¿Por qué? Porque no tienen “tiempo para eso”. A veces, los veo terminando a toda prisa los deberes antes de ir al comedor. Y cuando tienen tiempo libre, no saben “qué hacer”. No saben cómo gestionar que, a veces en la vida, no hay “nada que hacer” y que existe el aburrimiento. Más aún, los adultos les hemos hecho olvidar cómo buscarse la vida en esas ocasiones. Nos hemos centrado tanto en que los niños aprovechen el tiempo, que se formen, que estén entretenidos que les hemos obviado esa parte pastosa de los fines de semana que a muchos nos sirvió para ponernos a escribir, a inventar, a imaginar, a hacer pinta monas con tal de vencer el aburrimiento.

Enfrascados siempre en algo que hacer, hacer, hacer, hacer, hacer…deja muy poco espacio para pensar, imaginar, inventar, crear, escucharse, oír, ver. Probablemente, sean niños muy eficientes como “hacedores”, pero se han perdido una parte fundamental de la infancia: ser niños, Y no quiero ponerme dramática, ni alarmista, pero sin tiempo libre, sin tiempo para aburrirse, sin tiempo marcado con ningún plan, ni ningún objetivo concreto, un tiempo que no tiene que ser “productivo” para que valga la pena…sin eso, no hay posibilidad de escucharse a uno mismo y, por tanto, no hay posibilidad de trazar ningún camino propio.

 

Parece que sentimos pavor ante la idea de que nuestros alumnos (o hijos) se aburran o pierdan el tiempo. Bueno, a veces es necesario perderse. O más que necesario, es un derecho. Cuando estás aburrido es tu responsabilidad salir de ese estado, algo a lo que los niños tampoco parecen estar acostumbrados: creo que no les hacemos un favor cuando les ahorramos ese trabajo y antes de que sientan el menor atisbo de aburrimiento, ya tenemos preparada toda una batería de actividades con las que ahorrarles ese mal trago.

Y, sobre todo, lo que me parece más peligroso de este engranaje de actividades es que lanza un perverso mensaje: sólo vales si puedes hacer cosas, no vales por lo que eres tú, sino por las páginas que tiene tu CV.