Archivos Mensuales: enero 2014

Malaika y los baobabs

Una preciosa historia sobre la memoria, la muerte y las flores más bonitas del mundo.

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¿Quién tiene miedo de tener miedo?

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Creo que todos los profesores que enseñan Lengua tratan de hacer lo que describe, maravillosamente, Sara de Almeida Leite en su página Língua à portuguesa. Me ha parecido tan estimulante que me tomo la libertad de traducirlo (tened clemencia) para que llegue a más gente.

“En mi actividad como docente, he enfocado buena parte de mis esfuerzos pedagógicos en ayudar a los alumnos a recorrer el camino que los lleve de la inconsciencia y la despreocupación por los errores que comenten, tanto oralmente como por escrito, al gusto por los desafíos a los que se enfrentan en su día a día, en lo que se refiere a la distinción entre lo correcto y lo equivocado, entre la norma y el desvío.

Básicamente, intento llevarlos a que consideren que la forma en la que se habla y se escribe es importante, y no indiferente, porque transmite una imagen de nosotros que puede ser positiva o negativa; y procuro transmitirles la idea que, si tuviésemos consciencia de nuestros límites y dificultades, estaríamos más cerca de resolverlas y mejorar nuestro desempeño. Les explico, por tanto, que deben pasar de la actitud de “Bah, yo nunca pongo tildes” o “Nunca sé dónde poner las tildes” a la de “¡si existe una manera de saber qué palabras llevan tilde y por qué, entonces, yo quiero saber cuál es!”

Este camino, por el que intento que pasen, está lleno de actividades y ejercicios siempre pensados con buen humor y con una actitud esencialmente optimista; pero implica también pasar por una fase intermedia (que intento que sea lo más breve posible) que corresponde a la toma de conciencia de la cantidad de errores que cometen, al contrario de lo que pensaban y que los lleva a sentir miedo. Miedo a equivocarse, miedo a decir o escribir mal una palabra o una frase, miedo de pasar vergüenza por asumir,ante si y ante los compañeros, que al final no usan correctamente su lengua materna.

Es una fase que me recuerda a situaciones de pérdida, en las que llegado a un punto, se entra en la fase de la negación, por la incapacidad de aceptar la pérdida (en este caso, la pérdida de confianza en uno mismo), ya que muchos alumnos demuestran una falta de voluntad ante el desafío de distinguir, por ejemplo, entre lo correcto y lo incorrecto, o ante la necesidad de confesar el desconocimiento del significado de algunas palabras. Se sienten inseguros, incapaces de acertar y, por eso, simplemente, hacen cualquier otra cosa antes que participar en la clase: más o menos discretamente se dedican a estudiar otra materia, a consultar el e-mail o a pasar apuntes.

Es como si mirasen para otro lado, escogiendo ignorar la oportunidad de mejorar y volver a ganar confianza en su capacidad – no para no fallar, sino para aprender a evitar los fallos. Ahora, el miedo a fallar que silencia y hace que nos crucemos de brazos es, como sabemos, el peor enemigo del aprendizaje- o, al menos, tan fastidioso como el orgullo de ser un ignorante.

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Elogio del aburrimiento

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Existe un verbo que los adultos nos hemos empeñado en arrasar del vocabulario de los niños: aburrirse. Mis alumnos, desde luego, no lo conocen (y apuesto a que muchos de los vuestros, tampoco). Para no escaldar a nadie, antes de seguir escribiendo, advertiré que no tengo nada en contra de la estimulación temprana, ni de las actividades extra escolares, ni de llevar a los niños a campamentos de verano, ni de que aprendan idiomas (¡válgame Dios, que yo como gracias a ellos y además es uno de mis vicios confesables!), pero sí que añoro aquellos tiempos en que los niños y yo teníamos tiempo para aburrirnos “a vontade”, como dirían los portugueses.

Vivimos en una sociedad en crisis y encontrar trabajo se asemeja a la búsqueda de El Dorado. Las familias siempre han querido darle lo mejor a sus hijos, asegurarles un buen futuro. Antes bastaba con una carrera, ahora necesitamos doctorados, másteres, idiomas, publicaciones y un largo etcétera de casillas en nuestro currículo que nos desmarquen del resto. ¿Qué padre, pudiendo hacerlo, va a privar a su hijo de acceder con éxito al mercado laboral? Y, con la mejor intención, todos nos hemos contagiado de esta fiebre competitiva y diseñamos el horario de los niños con vistas a una formación de “excelencia”, en la que no se desaproveche ni un segundo. Por otra parte, vivimos rodeados de estímulos y artefactos que nos exigen respuestas inmediatas: a golpe de clic, tenemos el mundo a nuestros pies, dispuesto a entretenernos sin fin, a tenernos permanentemente conectados a todo. Desde que nacen, están acostumbrados a tener un bombardeo constante de actividades que sirven “para algo” (y, repito, con las mejores intenciones)

Cuando llegan las vacaciones de Navidad o las estivales, los telediarios y las revistas se encargan de recordar que los niños tienen “demasiado tiempo ocioso”, por lo que sugieren infinidad de campamentos,desde especializados en cocina-fusión a campamentos de pequeños emprendedores (algún día le dedicaré una entrada a la palabra estrella de estos dos últimos años, sin duda), programas teatrales, espectáculos, viajes, ludotecas…En fin, todo un complejo dispositivo con el objetivo de que los niños “hagan algo”.

En clase, muchos de mis alumnos rebufan cuando llevan un trabajo extra que implique investigar, hacer fotos, pintar, juntarse con otros compañeros para realizar un experimento. ¿Por qué? Porque no tienen “tiempo para eso”. A veces, los veo terminando a toda prisa los deberes antes de ir al comedor. Y cuando tienen tiempo libre, no saben “qué hacer”. No saben cómo gestionar que, a veces en la vida, no hay “nada que hacer” y que existe el aburrimiento. Más aún, los adultos les hemos hecho olvidar cómo buscarse la vida en esas ocasiones. Nos hemos centrado tanto en que los niños aprovechen el tiempo, que se formen, que estén entretenidos que les hemos obviado esa parte pastosa de los fines de semana que a muchos nos sirvió para ponernos a escribir, a inventar, a imaginar, a hacer pinta monas con tal de vencer el aburrimiento.

Enfrascados siempre en algo que hacer, hacer, hacer, hacer, hacer…deja muy poco espacio para pensar, imaginar, inventar, crear, escucharse, oír, ver. Probablemente, sean niños muy eficientes como “hacedores”, pero se han perdido una parte fundamental de la infancia: ser niños, Y no quiero ponerme dramática, ni alarmista, pero sin tiempo libre, sin tiempo para aburrirse, sin tiempo marcado con ningún plan, ni ningún objetivo concreto, un tiempo que no tiene que ser “productivo” para que valga la pena…sin eso, no hay posibilidad de escucharse a uno mismo y, por tanto, no hay posibilidad de trazar ningún camino propio.

 

Parece que sentimos pavor ante la idea de que nuestros alumnos (o hijos) se aburran o pierdan el tiempo. Bueno, a veces es necesario perderse. O más que necesario, es un derecho. Cuando estás aburrido es tu responsabilidad salir de ese estado, algo a lo que los niños tampoco parecen estar acostumbrados: creo que no les hacemos un favor cuando les ahorramos ese trabajo y antes de que sientan el menor atisbo de aburrimiento, ya tenemos preparada toda una batería de actividades con las que ahorrarles ese mal trago.

Y, sobre todo, lo que me parece más peligroso de este engranaje de actividades es que lanza un perverso mensaje: sólo vales si puedes hacer cosas, no vales por lo que eres tú, sino por las páginas que tiene tu CV.

 

La escuela ya no es lo que era

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Que el mundo en el que nosotros nos educamos ya no existe es un hecho, pero lo cierto es que muchos profesores nos empeñamos en seguir enseñando de la misma forma en que nosotros aprendimos. Entonces, llegan los lamentos y el rechinar de dientes: “A mis alumnos no les interesa nada de lo que explico”, “No consiguen mantener la atención más de un minuto”, “esto antes les encantaba” y…todas las frases que cada uno quiera reconocer y añadir.

Lo cierto es que, nos guste más o menos, nuestros alumnos viven en una sociedad que no tiene nada que ver con la nuestra cuando teníamos su edad (y yo nací en los ochenta, ojo al dato). Para mis apaches de diez años, no existe manera de encontrar información fuera de internet: a ninguno se le ocurriría buscar en una enciclopedia de papel información para saber qué es un zeppelin. Apenas escriben en papel, ansían tener conexión de datos permanente en su móvil y se piden I-pads por Reyes. ¿Esto es malo? No lo creo. Pero como maestra debo guiarlos para que la tecnología los haga más libres, más críticos y más autónomos y, sobre todo, la utilicen como una aliada: no como algo a lo que quedar subordinados.

¿Qué tiene que ver esto con la teoría de las inteligencias múltiples? Mostrar que la realidad de nuestros alumnos, y por ende de la labor educativa, ha cambiado tanto y tan rápido que no podemos seguir aferrados a modelos educativos que no dan respuestas a la sociedad en la que vivimos, sino…¡a la de hace dos siglos!

Efectivamente, los modelos educativos en los que nos manejamos la mayoría clasifican a los alumnos en “buenos-inteligentes/malos-torpes” según sean sus notas en Lengua y Matemáticas, como si esas dos asignaturas fueran las únicas capaces de medir la inteligencia de una persona. El concepto de inteligencia (o su definición) ha variado mucho a lo largo de los años, pero la verdad es que las terribles siglas de CI (cociente intelectual) insisten en seguir marcando la inteligencia de las personas.

Howard Gadner es el responsable, desde hace más de dos décadas, de la teoría de las Inteligencias Múltiples, teoría que ha revolucionado el paradigma educativo y  nos ha lanzado a la búsqueda de nuevos caminos que ayuden a nuestros alumnos a enfrentarse (¡y disfrutar!) a la realidad que nos rodea. Dicha teoría estipula la existencia no de una, sino de hasta 9 inteligencias en cada uno de nosotros. Y aquí la inteligencia sería:

“La capacidad para resolver problemas y elaborar productos que sean valiosos en una o más culturas” H.Gadner

Esto supone una nueva concepción del aprendizaje y, por supuesto, del potencial que tienen nuestros alumnos. Para empezar, reconocer que cada uno de ellos, y de nosotros, por supuesto, posee una combinación única y valiosa de inteligencias. En nuestras manos de maestros está la responsabilidad de fomentarlas.

Os aconsejo este reportaje del programa Redes, emitido a raíz de la entrega del Premio Príncipe de Asturias a Howard Gadner. Poco a poco iré subiendo más cosas acerca de esta fascinante teoría y su aplicación al aula. Porque la escuela ya no es lo que era…thanks God! 😉

 

 

Cuando los libros no se venden

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A raíz de una pregunta en los debates de EduPleMooc sobre si el acceso a Internet supone aumentar aún más la brecha entre ricos y empobrecidos, me gustaría compartir una interesante reflexión que leí hace unos meses en Wiriko, un site maravilloso especializado en Arte y Cultura africana.

En ella lanzaba una pregunta que a muchos puede dejar descolocados (ay, ese imaginario sobre África de sol y moscas…) “¿Y si el libro digital fuese la solución?”. Para empezar, en muchos países africanos la red móvil tiene más peso que el cableado eléctrico y llevan años realizando todo tipo de pagos y transacciones económicas a través del teléfono, ¿por qué no aplicar esto a la distribución literaria y, por ende, al acceso educativo? Si alguno ha visitado poblaciones de interior en algún país africano, sabrá que el surtido de libros que puedes encontrar es más que limitado y el acceso, por precio y variedad, a títulos interesantes está reservado sólo a unos pocos. El papel, por tanto, tiene muy poca salida.

Es cierto que para poder acceder a los libros digitales (mucho más baratos y con la posibilidad de acceder a títulos que nunca llegarían de otro modo a las librería locales) primero hay que disponer de un dispositivo electrónico, pero ya hay empresas que están invirtiendo en distribuir tablets en África  e, incluso, disponen ya de tablets fabricadas en R.D del Congo teniendo en cuenta las necesidades y gustos de los africanos. Dados los problemas en el suministro electrónico en la mayoría del continente, una tablet es la mejor solución.

Os invito a leer “¿Y si el libro digital fuese la solución?” y, como maestros, imaginad por un momento el caudal de posibilidades que se abrirían para los alumnos que estudian sólo con una pizarrín…si pudiesen acceder a los contenidos ilimitados de una biblioteca virtual.

La foto es de Worldreader

Mi Entorno Personal de Aprendizaje

Empiezo de lleno con el curso EduPLEMooc. Siguiendo el orden de tareas, he creado el blog para poner en práctica todo lo que vaya aprendiendo.

Mi nombre es Beatriz y actualmente trabajo como tutora de 5º de Primaria, impartiendo las asignaturas bilingües de Science, Arts, English y Music (en Primer Ciclo). Mis intereses giran en torno a las áreas lingüísticas y artísticas, así como el desarrollo de la interioridad, el pensamiento crítico y la implicación social de los alumnos en su entorno. Creo que el dominio crítico de la Red es una herramienta indispensable para mis alumnos, pero lo cierto es que hasta ahora no me he lanzado de lleno en su utilización en el aula. Espero que este curso sea la lanzadera que necesitaba para sacarle todo el partido a la Red como maestra.

Para haceros una idea de mis intereses, incluyo la nube que he creado con la herramienta de Tagxedo. A pesar de que utilizo Blogger desde hace más de siete años y actualmente llevo un blog muy activo, nunca han estado relacionados con la educación. Por ello, he creado la nube introduciendo aquellas palabras clave relacionadas con esta nueva “aventura-aprendizaje”.

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También estoy presente en Docente.me 🙂

Embarcada

 

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“Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera, cortar tablas o distribuir el trabajo. Evoca primero en los hombres y mujeres el anhelo del mar libre y ancho.” Antoine de Saint-Exupéry

 

Nunca había pensado en abrir un blog como maestra, a pesar de que mi día a día gira en torno a la educación y a la convicción de sólo ella puede hacer la vida más ancha, más libre y mejor.

Bienvenidos a todos los maestros y profes que, como yo, han decidido que hoy es un buen día para seguir aprendiendo con el Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado y su curso experimental de ‘Entornos Personales de Aprendizaje (PLE) para el desarrollo profesional docente